Resumen Podcast Reunion 2026-04-16
Transcripción
Locutor 1: ¿Generalmente cuando se aborda el concepto de las reglas o de las leyes, hay como una expectativa de precisión fría, como en la ingeniería o al leer un Código Penal, verdad?
Locutor 2: Totalmente, o sea, tienes tu columna de acciones permitidas por un lado y tu columna de prohibiciones por el otro.
Locutor 1: Exacto, es súper binario. El veredicto simplemente señala si cruzaste una línea o no y, bueno, el ser humano encuentra un gran confort en esa estructura.
Locutor 2: Claro, porque lo medible, digamos lo que puedes ver y tachar de una lista, te da una sensación de control tremenda. Te permite establecer una especie de lista de verificación mental...
Locutor 1: ¡Ajá!
Locutor 2: ...para medir tu propio valor moral frente al resto de la sociedad. "Yo hice esto, tú no lo hiciste, yo estoy bien".
Locutor 1: Así es, es un sistema muy humano, la verdad. Pero el problema surge cuando entras al terreno de la gracia. De pronto ese manual de instrucciones que era tan claro, pues parece insuficiente frente a un paisaje espiritual que exige una transformación interna.
Locutor 2: Claro, ya no basta con simplemente no pisar la raya que dibujaron en el suelo. El enfoque cambia por completo hacia la intención oculta detrás del paso que estás dando.
Locutor 1: Y este es precisamente el núcleo de nuestra inmersión de hoy para todas las personas que visitan la plataforma de la Iglesia evangélica Asamblea de Dios Cristo Redentor (o IADCR) y que buscan revivir la esencia de aquella reunión del 16 de abril de 2026. Es que el recorrido histórico y teológico que se vivió en esa reunión en particular es francamente asombroso.
Locutor 2: Totalmente. Y para este análisis contamos con fuentes documentales buenísimas. Por un lado, tenemos la transcripción exacta y detallada del mensaje principal de ese día.
Locutor 1: Sí, y por el otro lado contamos con el inmenso y riquísimo catálogo de los 318 Himnos de Sion, que, por cierto, están todos disponibles en la página web de la congregación.
Locutor 2: Y es fascinante porque lo que el predicador articuló con palabras la iglesia, digamos, lo procesó y lo cantó a través de su adoración.
Locutor 1: Exacto, es una sinergia hermosa entre la enseñanza y la música. Y bueno, el mensaje aborda una tensión que tiene más de 2000 años de antigüedad: ese choque frontal entre cumplir un montón de reglas talladas en piedra y la libertad... la libertad radical de vivir bajo la ley de Cristo.
Locutor 2: Bien, vamos a desempatar esto. Me parece perfecto empezando por el ambiente de la reunión misma, ¿no? Porque no fue como que abrieron un seminario académico y ya; hubo una oración inicial muy ferviente pidiendo la guía directa del Espíritu Santo para el predicador invitado, a quien simplemente llamaron "el hermano".
Locutor 1: Y ese detalle es súper importante, establece de entrada la autoridad del mensaje. El predicador basó su exposición en una corriente que es impulsada por el Ministerio de Teología Paulina, mencionando ahí al hermano José Carlos Alpízar de Costa Rica.
Locutor 2: ¿Ajá, y qué hace exactamente esa corriente?
Locutor 1: Pues se dedica a combatir y desmentir estas doctrinas contemporáneas que le exigen a la gente volver a las prácticas de la antigua ley mosaica. Y de ahí surge el concepto central que el predicador empezó a desarmar metódicamente, que es la práctica de judaizar.
Locutor 2: Judaizar... O sea, revisando los apuntes sobre este término, resulta súper fascinante la contradicción. Judaizar, en esencia, es comportarse o vivir como judíos sin serlo realmente.
Locutor 1: Tal cual. Imagínate, a los nuevos creyentes gentiles (es decir, a los no judíos) se les exigía adoptar cosas como la circuncisión o guardar el sábado, pero basado en el calendario lunar en lugar del solar.
Locutor 2: ¡Guau! Un nivel de detalle impresionante.
Locutor 1: Sí, y ni hablar de las leyes dietéticas que eran sumamente restrictivas. Pero aquí me surge una duda muy razonable, y creo que a quienes nos escuchan también: ¿Por qué el apóstol Pablo, y por extensión este predicador, combatían eso con tanta furia?
Locutor 2: Es una excelente pregunta porque, o sea, ¿acaso estas personas no estaban simplemente intentando ser más obedientes a las reglas originales que el propio Dios había establecido en el Antiguo Testamento?
Locutor 1: Esa es exactamente la pregunta que dividió a la historia de la Iglesia primitiva. Mira, la insistencia de Pablo no era que él despreciara la ley mosaica en sí misma. El problema era la motivación humana detrás de adoptarla.
Locutor 2: Ah, ¿la motivación?
Locutor 1: Exacto. Adoptar esas reglas externas se estaba convirtiendo en un mecanismo de salvación por mérito propio. El predicador ilustró esto maravillosamente citando el libro de Ester, capítulo 8, versículo 17.
Locutor 2: Sí, lo recuerdo. Es cuando los judíos son liberados y de repente un montón de gentiles empiezan a adoptar costumbres judías.
Locutor 1: Precisamente, pero el texto no dice que lo hicieron por amor a Dios; revela la verdadera razón diciendo literalmente: "Porque el temor de los judíos había caído sobre ellos".
Locutor 2: Wow, o sea, lo hacían por puro terror, por instinto de supervivencia. Cero devoción auténtica, cero transformación del corazón.
Locutor 1: Y el mensaje del predicador no se queda solo en el Antiguo Testamento; da un salto histórico hasta Gálatas 2:14 y nos presenta una escena que expone el tremendo peso social de estas reglas.
Locutor 2: Uf, ese pasaje es fuertísimo. Es que el apóstol Pablo confronta al apóstol Pedro en público, acusándolo de hipocresía. O sea, Pedro compartía la mesa con los gentiles sin problemas, comiendo de todo...
Locutor 1: Sí, relajado, sin restricciones dietéticas.
Locutor 2: Pero en cuanto llegaban los enviados de Jacobo desde Jerusalén, Pedro se echaba para atrás y se apartaba de los gentiles a la hora de comer.
Locutor 1: Y el daño de esa actitud no era solo que Pedro cambiara su dieta de un minuto a otro. El problema es que al apartarse de la mesa estaba creando, en la práctica, un sistema de castas dentro de la misma iglesia.
Locutor 2: Claro, estaba enviando un mensaje silencioso.
Locutor 1: Totalmente. Un mensaje de que los gentiles, al no seguir las reglas de Levítico 11, eran básicamente cristianos de segunda categoría. Y para dar contexto, Levítico 11 es el capítulo que prohibía consumir animales considerados inmundos: cosas como el camello o la liebre; y para gran sufrimiento de los que viven en zonas costeras, prohibía cualquier marisco sin aletas ni escamas.
Locutor 2: Olvídate de los camarones o los calamares.
Locutor 1: Exacto, adiós al ceviche. Y resulta paradójico, ¿verdad? Ver cómo el ser humano prefiere mil veces la seguridad de una jaula dorada...
Locutor 2: ¡Ajá!
Locutor 1: ...una jaula hecha de dietas estrictas y calendarios específicos, en lugar de aceptar la inmensa responsabilidad que conlleva la libertad de la gracia.
Locutor 2: Es que piénsalo: si yo no como cerdo y descanso religiosamente un día específico, y mi vecino no lo hace, pues el ego humano encuentra inmediatamente la manera de sentirse espiritualmente superior. Pero la gracia viene y destruye esa superioridad ilusoria por completo; nivela el terreno para todos.
Locutor 1: ¿Cómo lo nivela exactamente?
Locutor 2: Basándose en Gálatas 5:1-6, que es un argumento con una lógica legal implacable. Así es, te dice que someterse a un solo precepto de la ley mosaica como requisito para salvarte (digamos, la circuncisión), pues te genera una deuda automática gigante.
Locutor 1: Te obliga a guardar toda la ley.
Locutor 2: ¡Toda! Obliga a la persona a cumplir con la totalidad de la ley sin fallar jamás en un solo punto. Y si fallas, anulas el sacrificio de Cristo y, como dice el texto, "caes de la gracia".
Locutor 1: Eso es muchísima presión. Pero si fallar en un solo punto significaba la ruina espiritual, me pregunto: ¿cómo justificó la iglesia primitiva el abandono de todo este sistema sin catalogar a Jesús como un rebelde o un anarquista?
Locutor 2: Es una buena duda, porque si la ley venía directamente de Dios, pues descartarla así como así suena a herejía total. Y ahí es donde el predicador resolvió este dilema teológico con una disección magistral de la terminología legal bíblica usando Mateo 5:17.
Locutor 1: Ah, esa parte fue brillante.
Locutor 2: Lo fascinante aquí es cómo él diferenció tres conceptos jurídicos súper específicos para explicar qué fue exactamente lo que hizo Cristo. Primero abordó la palabra abrogar.
Locutor 1: Abrogar, que implica echar por tierra, invalidar o incumplir una ley por pura rebeldía.
Locutor 2: Exactamente. Y Cristo dejó clarísimo que él no vino a abrogar la ley. Al contrario, él vivió una vida humanamente impecable y cumplió cada exigencia de la ley de Moisés a la perfección. Y como no la destruyó, el mensaje introduce el segundo término clave, que es subrogar.
Locutor 1: Sí, subrogar, que básicamente es tomar una ley que ya existe y mejorarla. O sea, extraes su principio fundamental pero lo elevas de categoría.
Locutor 2: Lo cual prepara perfectamente el escenario para el tercer y definitivo concepto, que es derogar. Derogar es el acto legal formal de sustituir una ley antigua por una nueva y muy superior.
Locutor 1: Claro, entonces, al cumplir el sistema antiguo de manera perfecta, se instauró lo que el texto sagrado llama "un mejor pacto con un mejor mediador". Y ese pacto anterior quedó invalidado de manera 100% legítima, un proceso que el predicador ancló en la historia de manera muy interesante al recordar que el antiguo sistema de sacrificios desapareció físicamente cuando destruyeron el templo de Jerusalén en el año 70.
Locutor 2: Y sabes, toda esta progresión legal se me asemeja muchísimo a la arquitectura de una actualización de software a gran escala.
Locutor 1: A ver, cuéntame más de esa analogía.
Locutor 2: Imagina que tenemos un equipo funcionando con un sistema operativo antiguo que es sumamente rígido; podríamos llamarlo "Moisés OS versión 1.0".
Locutor 1: Me gusta, me gusta.
Locutor 2: Cuando llega el momento inevitable de actualizar el equipo, tú no tomas un martillo y destruyes el hardware, ¿verdad?
Locutor 1: Claro que no.
Locutor 2: Exacto, no abrogas la máquina. En su lugar, descargas e instalas "Cristo OS versión 2.0". Y este nuevo sistema operativo es tan avanzado, está tan lleno de gracia y de nuevas funciones integradas, que el código anterior simplemente quedó obsoleto.
Locutor 1: Queda en el pasado.
Locutor 2: Sí, se abandona, pero no por rebeldía al programador original, sino por pura superación tecnológica.
Locutor 1: Esa analogía es sumamente precisa porque fíjate que el hardware original permanece intacto. O sea, la frágil naturaleza humana sigue estando ahí con todas sus deficiencias y su necesidad de conexión.
Locutor 2: Seguimos siendo los mismos equipos defectuosos.
Locutor 1: Exacto, lo que cambia radicalmente es el código fuente que nos dicta cómo comportarnos. Ya no es un código que funciona a base de la amenaza de un castigo externo, sino que es un motor impulsado por un amor profundo y por la gracia. Pero a ver, si quitamos ese código antiguo que te regulaba hasta qué podías comer o en qué día exacto debías descansar... ¿no se corre el riesgo de caer en un caos total?
Locutor 2: Cualquiera pensaría que sí. Porque el predicador fue súper claro en que la gracia no significa ausencia de reglas morales. Y aquí es donde detalló maravillosamente la estructura de este nuevo sistema operativo: la ley de Cristo.
Locutor 1: Así es, y estructuró esta nueva ley en cinco pilares inamovibles. El primero es el principio de empatía, que está fundamentado en Gálatas 6:2.
Locutor 2: Ese principio manda explícitamente sobrellevar las cargas de los demás. Y hay una gran diferencia ahí, porque la ley antigua quizá se conformaba con un simple "no dañes a tu prójimo, quédate en tu carril y ya".
Locutor 1: Exacto, era muy pasiva en ese sentido. Pero la ley de Cristo exige una participación activa en el sufrimiento de la otra persona. El segundo pilar es la famosísima regla de oro que encontramos en Mateo 7:12: tratar a los demás exactamente como queremos ser tratados nosotros. Y el predicador utilizó la figura del buen samaritano para ilustrar esto de una forma genial.
Locutor 1: Es el mejor ejemplo. Sí, porque si lo ves bajo la estricta interpretación de la ley antigua, el samaritano realmente no tenía ninguna obligación de tocar al judío que estaba herido en el camino.
Locutor 2: De hecho, el contacto con sangre corría el enorme riesgo de volverlo ritualmente impuro.
Locutor 1: Le traía problemas legales, exactamente. Sin embargo, este hombre actuó movido por una empatía que rompió por completo la barrera racial y religiosa, e incluso asumió todos los costos económicos para que el herido se recuperara.
Locutor 2: Es otro nivel de compromiso. Luego pasamos al tercer pilar que, en mi opinión, eleva el grado de dificultad exponencialmente. Se trata del nuevo mandamiento de Juan 13:34, que nos dice: "Amar como Cristo nos amó".
Locutor 1: Y aquí el predicador aportó una visión psicológica muy, muy aguda; señaló las enormes limitaciones que tiene la orden antigua de "ama a tu prójimo como a ti mismo".
Locutor 2: ¿Por qué limitaciones?
Locutor 1: Porque hoy en día existe una cantidad inmensa de personas que carecen totalmente de amor propio; personas que se desprecian a sí mismas o que están sumergidas en conductas autodestructivas.
Locutor 2: Es una realidad muy triste.
Locutor 1: Sí. Entonces, si el amor propio del individuo está fracturado, ya no puede usarse como la unidad de medida para amar a los demás.
Locutor 2: ¡Guau! Claro, el estándar definitivo tiene que pasar a ser el amor incondicional y sacrificado del Creador.
Locutor 1: Y aquí es donde se pone realmente interesante.
Locutor 2: A ver...
Locutor 1: Porque cuando analizas estos tres primeros pilares, esa ilusión óptica de que la gracia es un camino más relajado o más fácil se desmorona por completo.
Locutor 2: Totalmente de acuerdo. O sea, cumplir una lista de alimentos prohibidos requiere cierta disciplina externa, sí; pero amar de forma incondicional a alguien que te ha hecho daño o que no lo merece, requiere una reestructuración total del ego. Es una obra maestra del espíritu.
Locutor 1: Y fíjate que el cuarto pilar, que es la derogación para una transformación profunda basada en Mateo capítulo 5, confirma precisamente eso.
Locutor 2: Ajá.
Locutor 1: El estándar moral se eleva a un punto donde las apariencias ya no valen absolutamente nada.
Locutor 2: ¿Se meten con el interior?
Locutor 1: Sí. Ya no basta con abstenerse de cometer un asesinato físico; albergar odio hacia tu prójimo en tu mente se equipara, a nivel espiritual, con la misma destrucción.
Locutor 2: Igual con el tema del adulterio, ¿no?
Locutor 1: Exacto. Evitar el adulterio físico pierde su mérito si en tu mente ya te rendiste a la codicia oculta. Es una exigencia que opera a un nivel celular. Exige pureza en la génesis misma de tu pensamiento, mucho antes de que se vuelva una acción.
Locutor 2: Es literalmente una cirugía a corazón abierto; te exige rendir los instintos más profundos que tienes. Y bueno, para aterrizar toda esta altísima teología en el día a día, el predicador presentó el quinto pilar, que es la resolución apostólica derivada del capítulo 15 del libro de los Hechos.
Locutor 1: Exacto, el famosísimo Concilio de Jerusalén. Hablaban del mundo gentil, los que no sabían nada de las reglas de Moisés.
Locutor 2: Esos mismos. Y tomaron la decisión histórica de no subyugarlos al peso de la ley mosaica. En su lugar, destilaron toda la convivencia en solo cuatro abstinencias que consideraron vitales para mantener la pureza y la unidad.
Locutor 1: Sí: abstenerse de ídolos, de fornicación, de animales ahogados y de sangre. Esas cuatro. Pero al analizar esta lista súper corta, surge una pregunta obligada: de entre cientos y cientos de leyes mosaicas, ¿por qué conservar específicamente estas cuatro? O sea, no parecen aleatorias, pero sí un poco raras.
Locutor 2: Y te aseguro que no lo son en absoluto. Todo tiene sentido si miras el contexto del mundo grecorromano de aquella época. La vida social y económica giraba en torno a los templos paganos.
Locutor 1: Claro, los mercados y todo eso.
Locutor 2: Ajá. La carne que la gente compraba en los mercados muchas veces venía de animales que acababan de ser sacrificados a ídolos.
Locutor 1: Ah, de ahí la regla de los ídolos.
Locutor 2: Exacto. Además, las festividades públicas incluían casi siempre prostitución ritual. Y aquí el predicador hizo un paréntesis muy bueno, advirtiendo que la fornicación también posee una dimensión espiritual contemporánea.
Locutor 1: ¿Cómo así?
Locutor 2: Refiriéndose a la "fornicación espiritual" como involucrarse en cosas de esoterismo, la consulta del tarot y prácticas similares.
Locutor 1: Interesante aplicación. ¿Y qué hay de los animales ahogados y la sangre?
Locutor 2: Eso tocaba la fibra más sensible de la conciencia judía. Estaba fundamentado en el antiguo pacto con Noé, mucho antes de Moisés, el cual establecía que la vida de la carne reside en la sangre.
Locutor 1: Y recuerdo que el predicador hizo una aplicación sumamente práctica y muy terrenal de este último punto.
Locutor 2: Sí, fue muy gráfico. Mencionó que abstenerse de sangre en la vida cotidiana de hoy en día en Latinoamérica implica evitar comer alimentos como la morcilla o la moronga.
Locutor 1: Exacto. Y lo fascinante de estas cuatro reglas es que no eran un intento de microgestionar la dieta de la gente otra vez.
Locutor 2: No, claro que no.
Locutor 1: Eran un mecanismo súper ingenioso de pacificación. Permitían que tanto los judíos como los gentiles, que venían de culturas diametralmente opuestas, pudieran sentarse en la misma mesa y compartir el pan sin ofender sus conciencias más profundas ni revivir traumas oscuros de su pasado pagano.
Locutor 2: Exactamente. Todo este inmenso andamiaje teológico culmina con una imagen súper reveladora que usó el predicador: él describió la ley mosaica usando el término "ayo". Un concepto muy de esa época.
Locutor 1: Sí. En la antigüedad, el ayo era una especie de tutor súper severo. A menudo era un esclavo educado y su tarea principal era llevar a los niños de la mano hacia la escuela.
Locutor 2: Y no era un viaje amable, ¿verdad?
Locutor 1: Para nada. Iba corrigiendo sus faltas con muchísima dureza en el trayecto. Y el predicador dice que la ley cumple exactamente esa función: expone la incapacidad moral que tiene la humanidad entera.
Locutor 2: Ajá, te muestra tus errores constantemente y te empuja, casi por pura desesperación ante tu propio fracaso, directo hacia la puerta de la gracia.
Locutor 1: Es que el contraste es brutal.
Locutor 2: Muchísimo.
Locutor 1: Pasar de ese régimen estricto del ayo, donde todo son "golpes en las manos", hacia la libertad inmensa del nuevo pacto, debe generar un impacto emocional inmenso en una comunidad.
Locutor 2: Seguro. Y es justamente aquí donde la música de la IADCR entra en juego de una manera espectacular.
Locutor 1: Sí, el catálogo de himnos.
Locutor 2: Exacto. Porque esos 318 Himnos de Sion que están alojados en la página web no son simples melodías de transición para llenar un hueco en la reunión. En realidad, funcionan como un "caballo de Troya" teológico.
Locutor 1: Si conectamos esto con el panorama general, la analogía del caballo de Troya es sencillamente perfecta.
Locutor 2: ¿Verdad que sí? Sí, porque la poesía musical tiene esa capacidad única de burlar todas las barreras intelectuales que ponemos y deposita verdades teológicas profundísimas directamente en el centro emocional de la congregación.
Locutor 1: Es brillante. Toda la teología que el predicador expuso sistemáticamente en su mensaje, la iglesia la asimila y la hace suya mientras la canta.
Locutor 2: Así es. Por ejemplo, el concepto de la justificación por la fe y esta idea de la futilidad de intentar ganar tu propia salvación cumpliendo reglas externas obsesivamente. Todo eso se encuentra encapsulado maravillosamente en el Himno 266, que se titula "Paz con Dios".
Locutor 1: Oh, ese himno es precioso. Hay un contraste hermoso en su letra, dice: "Antes paz con Dios buscaba con febril solicitud, mas mis obras meritorias no me dieron la salud".
Locutor 2: ¡Guau! Esa frase de "febril solicitud", ¿verdad? Captura perfectamente la ansiedad tremenda del sistema antiguo. Ese esfuerzo agotador y constante de intentar alcanzar un estándar que es humanamente inalcanzable, y termina con la confesión abierta de su absoluta inutilidad: "Mis obras meritorias no me dieron la salud".
Locutor 1: Y la respuesta a ese agotamiento espiritual, a esa carga pesada, se celebra a todo pulmón en el Himno 115, titulado "La Gracia": "La gracia de Dios revelada en Cristo Jesús, mi Señor, al mundo perdido presenta de Dios su infinito favor".
Locutor 2: Es literal la doctrina de la subrogación y derogación que discutimos hace un momento, pero transformada en una declaración de júbilo colectivo.
Locutor 1: Sí, teología cantada. Además, el mensaje del 16 de abril también hizo una alusión a la Santa Cena, ¿no? Que es este acto físico y comunitario que viene a sellar el nuevo pacto. Y como era de esperarse, este enorme catálogo de himnos también posee una pieza diseñada específicamente para acompañar ese instante de reverencia.
Locutor 2: Así es, es el Himno 99 llamado "La Santa Cena", y parte de su letra establece: "Santa Cena para mí eres Memorial; aquí tipificas con señal la crucifixión Pascual".
Locutor 1: Imagínate: alguien que estudia un concepto legal complejo como la transición de pactos en un salón de clases, pues podría tardar horas o semanas en procesarlo de manera académica.
Locutor 2: Totalmente.
Locutor 1: Pero estas cuatro líneas logran transmitir exactamente la misma profundidad teológica a cualquier creyente en cuestión de minutos a través de la adoración genuina.
Locutor 2: Es increíble. Esa es la verdadera culminación de la reunión, diría yo: la amalgama perfecta entre la mente que por fin comprende la insuficiencia de la ley antigua y el corazón que experimenta de primera mano el abrazo incondicional de la gracia.
Locutor 1: Es un equilibrio muy difícil de lograr, pero hermoso de presenciar. ¿Entonces, qué significa todo esto para quienes nos escuchan?
Locutor 2: Pues el análisis a fondo de la reunión de la IADCR demuestra claramente que no se trató de un evento protocolar más. Para nada. Fue un recorrido contundente; un viaje que aleja al oyente del pie de una montaña aterradora, ¿sabes? Donde las frías tablas de piedra te dictaban sentencia desde la cima del Sinaí, y te guía hacia el refugio seguro de una Ley de Cristo que no te condena, sino que te transforma desde el interior.
Locutor 1: Y todo este proceso sostenido, abrazado por un andamiaje musical maravilloso que convierte todo este aprendizaje denso en pura devoción.
Locutor 2: Y todo este recorrido nos deja una idea bastante provocadora flotando en la mente.
Locutor 1: A ver, dime.
Locutor 2: Piensa que los antiguos profetas visualizaron un tiempo, hace muchísimos años, donde la ley ya no estaría escrita por el dedo del Creador sobre tablas de piedra inertes —que son fáciles de leer desde afuera pero totalmente incapaces de cambiarte el interior—.
Locutor 1: Exacto.
Locutor 2: Ellos profetizaron que el código de este nuevo pacto sería escrito directamente en las tablas de carne del corazón humano, lo cual nos plantea un desafío íntimo e ineludible hoy en día.
Locutor 1: Nos obliga a cuestionarnos seriamente si la vivencia espiritual contemporánea se ha reducido a sostener una simple fachada; una fachada llena de hábitos externos y listas de verificación...
Locutor 2: Sí, buscando el aplauso y la validación rápida de la sociedad religiosa.
Locutor 1: ...o si, por el contrario, existe en nosotros una rendición auténtica a esa "cirugía interna" que mencionamos, cultivando una fe tan profunda, tan honesta y tan transformadora que nadie más la puede medir, solo el propio corazón y su Creador.
Locutor 2: Queda extendida la más cálida invitación a explorar la plataforma web de la Iglesia, a sumergirse en sus mensajes grabados y a dejarse envolver completamente por la riqueza doctrinal de los Himnos de Sion.
Locutor 1: Ha sido un verdadero privilegio desempacar este conocimiento. ¡Hasta pronto!